Desde hace mucho tiempo que esperaba este reencuentro con el blog. El año 2024 no fue un año fácil, el tiempo escaseo y las posibilidades de escribir también, aun cuando las actividades de escalada y montaña continuaron. Pero bueno, la escusa agrava la falta, y lo que hoy nos convoca en el inicio de este ciclo 2025, es un nuevo relato de montaña que tiene como protagonista a un cerro denominado “Punta Mochileros”, cuya altura ronda los 1.800 msnm.
El año 2018 entré por primera y última vez al valle del rio Malito, oportunidad en la que nos adjudicamos el 1er ascenso absoluto del cerro Ferruginoso, historia que quedo plasmada en este relato Cumbre en el Ferruginoso: Explorando territorio "Cobra" Pues bien, en aquella oportunidad llamó mucho mi atención una montaña recientemente ascendida (2017) por los montañistas Ruíz, Castañeda y Hartmann, y que ellos mismos llamaron como Punta Mochileros. Un objetivo atractivo por el cual supe que volvería.
Pasaron poco más de 6 años y nuevamente estaba caminando por las entrañas del valle del rio Malito. Mi compañero fue Gustavo Durán, con quién caminamos por 5 horas esquivando arroyos y luchando con la densa vegetación hasta salir del bosque. Buscamos un lugar adecuado para montar nuestro vivac y nos plantamos junto a un arroyo, muy cerca de los “slabs” que a la mañana siguiente nos conducirían hasta lo alto de la montaña.
Luego de una noche particularmente reconfortante bajo las estrellas de Patagonia, a las 05.30 nos pusimos en movimiento. Ganamos altura con rapidez y el amanecer comenzó a pillarnos bien arriba, en el inicio de unos duros neveros donde se originaba nuestro primer inconveniente real: No llevábamos crampones. Por esta situación debimos “conejear” bastante, buscando siempre la seguridad de la roca por la izquierda. Trepadas por aquí, un peldaño sobre el hielo por allá, y el filo seco de la montaña que parecía estar a tiro de cañón.
Un viento persistente y helado nos recibió sobre el filo. Acá, el paisaje se abría mostrándonos un escenario particularmente bello. Agujas de roca, misteriosos glaciares y un bosque siempre verde eran parte del entorno. Nos equipamos y reanudamos la marcha sobre el filo que aumentaba en dificultad y exposición. Superamos algunos gateos, pasadas delicadas, una corta chimenea y sobre una pequeña placa tumbada encontramos vestigios abandonados por los primeros ascensionistas, eran un clavo, un nudo empotrado y un mosquetón que daban forma a un descuelgue.
Para el descenso hicimos 3 rapeles cortos, destrepamos algunas secciones, bajamos algunos acarreos y finalmente accedimos hasta el lugar de nuestro vivac alrededor de las 10.00. Luego de un Milo reponedor y con el recuerdo fresco de la cumbre, nos armamos de valor para enfrentar el descenso hasta el valle. Serian casi 4 horas de intensas peripecias hasta el vehículo, negociando con cascadas, arroyos, bosques cerrados, barro y otras exquisiteces. Había reconectado con el lado salvaje de la vida, de mi vida.